Orando por las Etnias

Es un espacio para compartir tus pensamientos y experiencias acerca de los grupos étnicos de México y el mundo. Basado en la Guía Mundial de Oración y ¨Alcancemos las Etnias de México

miércoles, agosto 31, 2005

Desde Culiacán, por Marcos Schultz

Pedrito se inclinó hacia mí, como si todavía el recuerdo le asustaba, y me susurró, “¿Ves aquel árbol allá?” “Sí,” le dije. “El viernes pasado seis hombres mataron a uno abajo de ese árbol. Todos andaban borrachos, y lo agarraron a palazos.”
Miguel me señaló un canal que corría a un lado del camino de terracería. “El año pasado,” me dijo tristemente, “un camión salió del camino y se fue al canal. Murieron catorce.” Así es la existencia que esta gente sufre en esta región.
Estoy escribiendo hoy desde Sinaloa. Estoy en medio de 250 mil indígenas quienes dejan la pobreza y la desesperación de sus tierras para venir aquí a trabajar entre los cultivos de esta área con el fin de ganar 37 miserables pesos por día.
Los galerones donde se quedan son rústicos. A cada familia le toca un cuartito, las paredes son de lámina y se escucha todo de un cuarto al otro. Les dan agua, y en algunos de los campos les dan leña. La mayoría gozan de un foquito eléctrico. Los servicios sanitarios son escasos. La gente tiene que ser creativa…
La mayoría son de Oaxaca y Guerrero. Son Mixtecos, Zapotecos, Náhuatl, uno que otro Tarahumara, y varios otros grupos. En nuestro México hay en total, algunos 260 grupos etno-lingüísticos. Nosotros, el pueblo de Dios, hemos sido comisionados con la tarea de alcanzar estas personas para Cristo. Cuando el apóstol Juan nos narra su vistazo al cielo en Apocalipsis 7:9 nos dice, “Vi de todas las naciones y tribus y pueblos y lenguas.” Juan vio Coras y Cuicatecos, Mayas y Mixes, Pames y Purépechas. El vio gentes de Baja California—Kiliwas y Cochimís, Paipais y Kumiai. Yo me pregunto, ¿y qué estamos haciendo nosotros para que este plan de Dios se haga una realidad? ¿A quién le importan los Totonacas? ¿Cuáles iglesias están intercediendo por los Mazatecos? ¿Quién está evangelizando a los Tzeltales? ¿Quiénes están yendo como misioneros a los Kikapús?
Aquí en Culiacán un puño de hermanos valientes y entregados están anunciando a Cristo a los que trabajan entre el tomate y la amapola. ¿Pero qué son 70 personas entre 250,000? Cristo preguntó acerca de los ex-leprosos, “¿Dónde están los otro nueve?” No estará preguntando ahora, acerca de sus siervos, “¿Y dónde están los otros 2 millones?”
La mayoría de los indígenas aquí hablan español sólo como su segundo idioma. Entonces los que están compartiendo a Cristo están armados no solamente con materiales en español, pero con cintas y escrituras en la mayoría de los 292 lenguas que se hablan aquí en nuestro país. ¿Sabías que hay alrededor de un millón de mexicanos que no hablan español? Ocupamos misioneros trans-culturales para entrar con estas personas. Hay algunos 18 grupos étnicos no-alcanzados aquí en México. Ocupamos misioneros atrevidos y aventados para penetrar a estas culturas con las Buenas Nuevas de esperanza. Te ocupamos a ti.
El mandato fue de ir a Jerusalén, a Judea, a Samaria, y hasta lo último de la tierra. ¿No serán las tierras y sierras de los indígenas mexicanos nuestra Samaria? Samaria es el lugar de aquellos que no son tan buenos como nosotros. Son de otra clase, son de otra marca, no califican. Son oaxaquitos, morenitos, inditos. Aquí en México celebramos nuestro trasfondo indígena mientras hacemos chistes y burla de los indígenas actuales. Celebramos el hecho de que en el pasado Don Benito Juárez ocupó la presidencia, pero hoy en día no queremos que nuestros hijos asistan a clases con los descendientes del ex-mandatario. Nuestra política, nuestras películas, nuestras novelas—todas están llenas de gente rubia, gente “occidental.” La publicidad que nos dan los medios de comunicación está llena de gente blanca y alta. ¿Por qué? Porque ¿quién va a querer comprar una Pepsi si la Generation Next parece ser de puros inditos?
Pero la pregunta para nosotros sería si este mismo sentir no ha contagiado a la iglesia también. ¿Nos preocupamos por la salvación de aquel que ocupa el siguiente escritorio en nuestra oficina, mientras que mantenemos una “saludable” distancia de los mixtecos y zapotecos que han llegado a nuestra puerta? El rico fue juzgado porque no atendió al pobre necesitado que estaba a su puerta (Lucas 16.20). Quizá Lázaro fue indito y quizá nosotros somos aquel quien hacía cada día banquete. No hay nada malo con tener banquete pues somos hijos de un Rey y la vida cristiana es digna de celebrar. Siempre y cuando seamos obedientes al que nos sirvió la mesa. Siempre y cuando nos interese—sin prejuicios, sin racismo, sin soberbia, sin egoísmo—que todos los demás tengan entrada a la misma pachanga.
Iglesia de Cristo, hay trabajo que hacer, hay terreno que tomar, hay enemigo que desterrar. ¡Ya es hora!

LA GENTE LLORA por Kim Schultz

Era un viernes por la tarde. Viernes es el día santo aquí en este país musulmán. Los viernes en la ciudad de Cairo siempre son días tranquilos. Nadie trabaja y todos duermen tarde. Muchos toman ventaja del día para pasar tiempo juntos como familia. Era un tal viernes cuando de repente llantos horribles rompieron la tranquilidad. Corrí hasta la ventana para descubrir la razón de los gritos. Por la calle pasaba una procesión funeraria.
Seis hombres cargaban el difunto. Una pieza de tela cubría su cuerpo. Como es la costumbre aquí, ya habían hecho el velorio. Por lo regular la familia del difunto trae una persona religiosa para leer o decir de memoria piezas del Corán mientras se lleva a cabo el velorio. Al terminar el velorio se traslada el cuerpo al lugar del entierro. La gente aquí es pobre, por eso cargaban al difunto sobre sus hombros en lugar de llevarlo en carro.
Eran unas treinta personas que iban siguiendo tras el cuerpo del muerto. La mayoría han de haber sido familiares. Las mujeres soltaban sollozos tan fuertes que parecía que se les quebraba el alma. La gente egipcia no es tímida, cuando se alegran lo hacen a lo máximo, pero cuando lloran también lo hacen hasta lo máximo. Los gritos de esas mujeres llenaban la calle y subían hasta el décimo piso de mi edificio, desde donde yo les miraba.

Esos sollozos demuestran el temor con que vive esta gente. Temor de los espíritus jin. Temor de la ira de Alá. Temor del ojo malvado. Temor de la muerte. Temor de lo que hay después de la muerte. Los Musulmanes creen en un dios que no les da seguridad de salvación. Sí creen que el ser piadoso les da entrada al paraíso, y que seguir los cinco pilares (mandatos) del Islam es la mejor manera de obtener salvación… pero aún estas cosas no les da la seguridad que desean, y por esta razón hay temor.

En la biografía de Lilias Trotter, una mujer quien vivió como misionera por 40 años entre los musulmanes de Argelia, se relata de un encuentro que ella tuvo con otro grupo de mujeres quienes lloraban. Lilias escribió: Una de ellas me mostró los rasguños sobre su cara que había hecho al llorar por su esposo que había muerto.
“¿Que hacen ustedes cuando alguien muere?” me preguntó. Le dije que si creíamos en Jesús, Dios nos consolaba. Esto les pareció sorprender muchísimo y se repetían entre ellas, “Dios les consuela! Dios les consuela!”

¡Hay un solo Consolador! ¡Hay un solo Dios quien puede librar del temor! Hay un solo Dios quien puede dar seguridad de salvación. Pero ese Dios no quiere trabajar solo. Ese Dios nos ha dado una comisión. El poder es suyo, pero la tarea es nuestra.

Yo creo que Dios va a hacer cosas maravillosas en esta parte del mundo. Va a hacer cosas entre los musulmanes que no nos imaginábamos. No tengo duda que habrá un avivamiento entre esta gente. Pero para esto El pide que nosotros entreguemos nuestra vida y la rindamos a El. Creo que Dios me ha escogido para esta tarea, y me ha dado un amor inmenso para los Musulmanes. Pero yo soy sólo una persona, y hay tantos quienes necesitan saber de la liberación que hay en Jesús.
No digas, “Yo no puedo entre los musulmanes.” Puede ser que la tarea se vea imposible. Pero se empieza con uno y se sigue con otro, y juntos dispersamos el temor. Como escribió Lilias, acerca de las olas del mar: “La primera es pequeña, llevada por los vientos desde la profundidad del mar hasta que cae sobre la arena y retrocede quebrantada, aparentemente sin haber logrado mucho. Pero la marea es el corazón del mar avanzado irresistiblemente a la victoria, pero necesitando cada una de esas olas pequeñas y quebrantadas para alcanzar su meta.” Yo solo soy una ola pequeña aquí en esta tierra, aún no se oye el fuerte son de la marea de la victoria que tendremos entre esta gente. Lo que importa es que nos dejemos llevar por la fuerza que viene tras nosotros, para ser enviados lejos de donde originamos.
Yo soy una solo mujer. Pasé tanto tiempo diciendo “Heme aquí” pero no me permitía ser enviada. Yo también tenía temor. Soy sólo una pequeña ola sobre esta playa enorme que necesita ser saciada. No es fácil la tarea. Diariamente yo tengo que enfrentarme a situaciones difíciles aquí en Egipto. Hay días que siento que no he logrado nada. Pero mi Padre me recuerda que yo no lo puedo lograr todo. Quizá no podré lograr mucho, pero tengo la satisfacción de saber que le estoy obedeciendo. ¿Y sabes qué?--- ¡Dios me está usando! ¿Cuánto más te puede usar a ti?
Es hora de ser valiente. Deja de decir, “Heme aquí, envíame Señor,” ¡y ven! Ya te ha llamado. ¿Qué esperas? No digas que no puedes porque eres soltera. No digas que no puedes porque estás casado. No digas que no puedes porque estás estudiando o trabajando… ¡Obedece! La gente aquí llora, ¿cuando te dejarás ser enviado?


Kim Schultz es hija de Marcos, criada enBaja California, ellaescribe desde Cairo, Egipto.
Notas sobre la vida de Lilias Trotter tomadas de: St. John, Patricia. Until the Day Breaks. Carlisle, England: OM Publishing, 1919.

TEMOR EN LA SELVA por Marcos Schultz

Nos habíamos bañado en el Río Ventuari, a la orilla del pueblo de Marueta, en la selva amazónica de Venezuela. Bañarse en un río en la selva siempre es una aventura por las muchas pirañas que hay. Me han dicho que el truco es no quedarse quieto sino siempre estarse moviendo. No sé, pero hasta la fecha sí me ha funcionado. . .
Después fuimos a la choza, tendimos la ropa mojada afuera, y nos pusimos a platicar con los misioneros que estabamos visitando. De repente llegaron algunos de los indígenas corriendo - todos emocionados, todos hablando a la vez. Algo los tenía muy preocupados---
“¿Qué pasa?” pregunté a una de las misioneras.
“Tenemos que quitar los shorts del tendedero,” me contestó.
“¿Por qué?” pregunté yo.
“Por la pica pica.”
“¿Qué es pica pica?”
“ Los Macos dicen que cuando uno deja su ropa afuera, los espíritus vienen de noche y le echan pica pica. Cuando uno vuelve a usar esa prenda, o se enferma o se muere.”
Todo esto se oye un poco ridículo, pero he aprendido que cuando los indígenas hablan de los espíritus, saben de lo que hablan. Ellos viven en un temor constante de los espíritus.
En el mismo pueblo vive la ancianita Cwa'no. Cuando ella fue jovencita, un hombre de otra tribu le propuso matrimonio, Ella se negó. El fue con su chamán para que le pusiera una maldición. Resultó que ella ahora, cuando se pone de pie, está tan doblada que su rostro está apenas unos 40 centímetros arriba del suelo.
Sí, cuando los indígenas hablan de los espíritus, saben de lo que hablan.

Dondequiera que vaya uno en la selva, encuentra gente que vive en temor – en temor de los espíritus, y en temor de la muerte.
Los Yuanas, por ejemplo, nunca brincan sobre un solo pie. Ellos saben que si uno brinca sobre un solo pie los espíritus vendrán en la noche a sacarle un ojo. Si les preguntas por qué creen tal cosa, te dirán, “Porque muchas veces lo hemos visto.”

Los Nakwis de Papua Nueva Guinea “saben” que cuando muere uno, su espíritu sale de noche para tomar a otra persona. Entonces las mamás amarran a sus hijos en sus hamacas por la noche.

Los Maquiratares hacen tejido de palos en las ventanas de sus chozas para que los espíritus no puedan entrar por ellas.
Cuando una víbora muerde a un Maquiratare él tiene que matar la víbora y enterrar la cabeza en el mismo lugar, o si no, si la persona muere de la mordedura, su cuerpo se volverá en muchas víboras.

Los Yanomamös “saben” que cuando nacen gemelos uno de ellos es un ser humano y el otro es un espíritu - haciéndose pasar por humano. Al nacer los gemelitos alguien llama al chamán. El mira a las criaturas y apunta con el dedo de la muerte al que es espíritu. Entonces la abuelita, o el padre, o quizá la misma madre, tomará al niñito recién nacido—lo llevará afuera de la casa, adentro de la selva, y con un mover ligero golpeará el cráneo contra el tronco de algún árbol. Muere el que estaba fingiendo ser humano. La gente ya no tendrá que vivir en temor de ese espíritu.
Sucedió una vez que un joven Yanomamö falleció y llevaron el cuerpo a la selva y lo amarraron sobre una repisa—como acostumbran hacer—para dejar que se pudriera. Pero resultó que el joven no estaba muerto y cuando despertó y se dio cuenta que estaba amarrado de muerto empezó a gritar y a clamar socorro. Pero ningún Yanomamö se atrevió a ir a rescatarle porque temían que no era él – sino un espíritu que se le parecía. Y allí quedó el muchacho expuesto al calor, a los insectos, a la sed, y a las bestias de la selva, todo por el temor.

Hay Alguien a quien las gentes y tribus y pueblos tienen que temer. Pero ellos no saben.
Hay Alguien a quien se tienen que doblar, pero no por maldición de pretendientes.
Los Macos, los Yuanas, los Nakwis, los Maquiratares, y los Yanomamös tienen que temer no “a los que matan el cuerpo mas el alma no pueden matar” sino a “Aquel que puede destruir el alma y el cuerpo en el infierno.” Pero si no saben, ¿como lo harán? Seguirán viviendo (y muriendo) en temor de los espíritus.

Yo también tengo miedo. Tengo miedo de que la iglesia ha sido complaciente aquí mientras miles y miles de almas allá entran a una eternidad sin Cristo.
Tengo miedo de que nosotros nos preocupamos de que si los de la iglesia de la esquina están creyendo en la risa o no y en cual nombre se bautizan los de aquella otra congregación. Y mientras tanto – sin risa y sin bautismo, sin palabra de Dios y sin oportunidad de salvación – la gente de las tribus sigue naciendo, temiendo, muriendo, y perdiéndose.

Tengo miedo que vamos a tener que rendir cuentas, y no vamos a tener qué contestar.
Yo sí tengo miedo.

EN LA SELVA AMAZÓNICA por Marcos Schultz

En la selva se escucha, por lo regular, el susurro del viento acariciando los árboles, y el canto de los pájaros. Pero el sonido que oíamos aquel día era espantoso, feo, horrible. Mi esposa y yo nos encontrábamos en la selva amazónica, entre la tribu Yanomamö, en el pueblo de Yajanamateri. Nos esforzamos para identificar el sonido extraño que procedía de la choza larga al otro lado del pueblo.
“Están teniendo algún tipo de ceremonia,” nos dijo la misionera. “¿Te atreves?” me preguntó. “¡Vamos!” le dije.
Los Yanomamös son un pueblo feroz de unos 20,000 personas que viven en la Amazona entre Venezuela y Brasil. Son sumamente violentos. Más del 25% de los hombres mueren por acto de violencia. Una muerte que no es vengada es una muerte sin honra. Aun si muere uno por enfermedad o por accidente la culpa siempre la tiene alguien. Algún enemigo puso una maldición, algún chamán hizo brujería. Alguien tiene que pagar. Alguien tiene que morir.
Al entrar a la ceremonia ese día, la choza estaba oscura, con el aire pesado y denso, y lleno de humo, al igual que todas las habitaciones Yanomamö. Pero más que solamente en lo físico, se sentía una opresión viscosa espiritual, y una presencia que llenaba la choza. La oscuridad se podía palpar.
Cuando entré, los indígenas se espantaron y pararon su canto. Una mujer enferma yacía en una hamaca. Los Yanomamös, con su brujo, estaban llamando a los espíritus, buscando la sanidad de la mujer. Yo había conocido al brujo el día anterior. El se llama Marcos, igual que yo, y él estaba contentísimo al conocer un tocayo. Pero los Yanomamös me llaman Wörösöcoin, que quiere decir el hombre de la quijada peluda. Es raro ver una barba entre ellos, entonces yo soy algo de novedad.
Sin embargo, hoy Wörösöcoin era un intruso en la ceremonia. Los ancianos empezaron fuertemente a protestar contra mi presencia. Mientras la situación empezaba a ponerse color de hormiga, yo temía que hasta aquí iba a llegar yo. Adiós, mundo, ¡estos guerreros feroces estaban listos para colgarme los tenis! Fue el brujo quien se puso de mi lado. “Está bien,” les dijo estrictamente a los demás en Yanomamö, “El es Marcos.” Siendo que él era el brujo y que él era el mero mero de la ceremonia, su defensa fue más que suficiente para asegurarme no solamente la vida, sino, también, un lugar en primera fila de este espectáculo extraño.
Para conectarse con los espíritus, los hombres se pasaban la pipa de yopo. Yo lo había visto antes en otros viajes a la Amazona, y no es algo muy bonito. Dos varones meten la droga en una caña de un metro de largo. Un extremo se coloca en la boca del primero, y el otro extremo en la nariz del segundo. El primero sopla fuerte y rápido—la loquera es instantánea y asquerosa. El de la nariz empieza a brincar, a toser, a escupir y babear—todo a la misma vez.
Ya que el brujo anunció su decisión a mi favor, los hombres quitaron su vista de mí para una vez más atender al asunto de la enferma. Fumaron más yopo y empezaron a danzar y a cantar, a brincar y a gritar. Clamaban a los espíritus por la sanidad de la mujer.
Sus espíritus no le contestaron esa vez, pero no crea que siempre es así. Los espíritus les dan su gusto de vez en cuando para mantenerlos en tinieblas. Aun hasta la fecha, siento una tristeza inmensa al considerar qué tipo de travesuras se le ocurre al hombre para intentar a llenar el vacío que está en su alma. ¿Pero qué más conocen? Si no han escuchado de Jesús, ¿qué esperanzas tienen?
Y como los Yanomamös, hay muchas otras tribus, muchos grupos, muchos pueblos. La pregunta del Señor sigue siendo la misma, “¿A quién enviaré, quién irá por nosotros?” (Isaías 6.8). Solamente la respuesta ha cambiado a través de los siglos. Isaías contestó, “Heme aquí, envíame a mí.” Pero muchos hoy en día prefieren decir “Alguien mas puede, yo no soy llamado.”
Mientras tanto, los Yanomamös—y millones de otros—seguirán matando, seguirán clamando a los espíritus, seguirán entrando a una eternidad aún más oscuro que la vida que hoy viven.
“¿Quién irá?”