Desde Culiacán, por Marcos Schultz
Miguel me señaló un canal que corría a un lado del camino de terracería. “El año pasado,” me dijo tristemente, “un camión salió del camino y se fue al canal. Murieron catorce.” Así es la existencia que esta gente sufre en esta región.
Estoy escribiendo hoy desde Sinaloa. Estoy en medio de 250 mil indígenas quienes dejan la pobreza y la desesperación de sus tierras para venir aquí a trabajar entre los cultivos de esta área con el fin de ganar 37 miserables pesos por día.
Los galerones donde se quedan son rústicos. A cada familia le toca un cuartito, las paredes son de lámina y se escucha todo de un cuarto al otro. Les dan agua, y en algunos de los campos les dan leña. La mayoría gozan de un foquito eléctrico. Los servicios sanitarios son escasos. La gente tiene que ser creativa…
La mayoría son de Oaxaca y Guerrero. Son Mixtecos, Zapotecos, Náhuatl, uno que otro Tarahumara, y varios otros grupos. En nuestro México hay en total, algunos 260 grupos etno-lingüísticos. Nosotros, el pueblo de Dios, hemos sido comisionados con la tarea de alcanzar estas personas para Cristo. Cuando el apóstol Juan nos narra su vistazo al cielo en Apocalipsis 7:9 nos dice, “Vi de todas las naciones y tribus y pueblos y lenguas.” Juan vio Coras y Cuicatecos, Mayas y Mixes, Pames y Purépechas. El vio gentes de Baja California—Kiliwas y Cochimís, Paipais y Kumiai. Yo me pregunto, ¿y qué estamos haciendo nosotros para que este plan de Dios se haga una realidad? ¿A quién le importan los Totonacas? ¿Cuáles iglesias están intercediendo por los Mazatecos? ¿Quién está evangelizando a los Tzeltales? ¿Quiénes están yendo como misioneros a los Kikapús?
Aquí en Culiacán un puño de hermanos valientes y entregados están anunciando a Cristo a los que trabajan entre el tomate y la amapola. ¿Pero qué son 70 personas entre 250,000? Cristo preguntó acerca de los ex-leprosos, “¿Dónde están los otro nueve?” No estará preguntando ahora, acerca de sus siervos, “¿Y dónde están los otros 2 millones?”
La mayoría de los indígenas aquí hablan español sólo como su segundo idioma. Entonces los que están compartiendo a Cristo están armados no solamente con materiales en español, pero con cintas y escrituras en la mayoría de los 292 lenguas que se hablan aquí en nuestro país. ¿Sabías que hay alrededor de un millón de mexicanos que no hablan español? Ocupamos misioneros trans-culturales para entrar con estas personas. Hay algunos 18 grupos étnicos no-alcanzados aquí en México. Ocupamos misioneros atrevidos y aventados para penetrar a estas culturas con las Buenas Nuevas de esperanza. Te ocupamos a ti.
El mandato fue de ir a Jerusalén, a Judea, a Samaria, y hasta lo último de la tierra. ¿No serán las tierras y sierras de los indígenas mexicanos nuestra Samaria? Samaria es el lugar de aquellos que no son tan buenos como nosotros. Son de otra clase, son de otra marca, no califican. Son oaxaquitos, morenitos, inditos. Aquí en México celebramos nuestro trasfondo indígena mientras hacemos chistes y burla de los indígenas actuales. Celebramos el hecho de que en el pasado Don Benito Juárez ocupó la presidencia, pero hoy en día no queremos que nuestros hijos asistan a clases con los descendientes del ex-mandatario. Nuestra política, nuestras películas, nuestras novelas—todas están llenas de gente rubia, gente “occidental.” La publicidad que nos dan los medios de comunicación está llena de gente blanca y alta. ¿Por qué? Porque ¿quién va a querer comprar una Pepsi si la Generation Next parece ser de puros inditos?
Pero la pregunta para nosotros sería si este mismo sentir no ha contagiado a la iglesia también. ¿Nos preocupamos por la salvación de aquel que ocupa el siguiente escritorio en nuestra oficina, mientras que mantenemos una “saludable” distancia de los mixtecos y zapotecos que han llegado a nuestra puerta? El rico fue juzgado porque no atendió al pobre necesitado que estaba a su puerta (Lucas 16.20). Quizá Lázaro fue indito y quizá nosotros somos aquel quien hacía cada día banquete. No hay nada malo con tener banquete pues somos hijos de un Rey y la vida cristiana es digna de celebrar. Siempre y cuando seamos obedientes al que nos sirvió la mesa. Siempre y cuando nos interese—sin prejuicios, sin racismo, sin soberbia, sin egoísmo—que todos los demás tengan entrada a la misma pachanga.
Iglesia de Cristo, hay trabajo que hacer, hay terreno que tomar, hay enemigo que desterrar. ¡Ya es hora!

