EN LA SELVA AMAZÓNICA por Marcos Schultz
“Están teniendo algún tipo de ceremonia,” nos dijo la misionera. “¿Te atreves?” me preguntó. “¡Vamos!” le dije.
Los Yanomamös son un pueblo feroz de unos 20,000 personas que viven en la Amazona entre Venezuela y Brasil. Son sumamente violentos. Más del 25% de los hombres mueren por acto de violencia. Una muerte que no es vengada es una muerte sin honra. Aun si muere uno por enfermedad o por accidente la culpa siempre la tiene alguien. Algún enemigo puso una maldición, algún chamán hizo brujería. Alguien tiene que pagar. Alguien tiene que morir.
Al entrar a la ceremonia ese día, la choza estaba oscura, con el aire pesado y denso, y lleno de humo, al igual que todas las habitaciones Yanomamö. Pero más que solamente en lo físico, se sentía una opresión viscosa espiritual, y una presencia que llenaba la choza. La oscuridad se podía palpar.
Cuando entré, los indígenas se espantaron y pararon su canto. Una mujer enferma yacía en una hamaca. Los Yanomamös, con su brujo, estaban llamando a los espíritus, buscando la sanidad de la mujer. Yo había conocido al brujo el día anterior. El se llama Marcos, igual que yo, y él estaba contentísimo al conocer un tocayo. Pero los Yanomamös me llaman Wörösöcoin, que quiere decir el hombre de la quijada peluda. Es raro ver una barba entre ellos, entonces yo soy algo de novedad.
Sin embargo, hoy Wörösöcoin era un intruso en la ceremonia. Los ancianos empezaron fuertemente a protestar contra mi presencia. Mientras la situación empezaba a ponerse color de hormiga, yo temía que hasta aquí iba a llegar yo. Adiós, mundo, ¡estos guerreros feroces estaban listos para colgarme los tenis! Fue el brujo quien se puso de mi lado. “Está bien,” les dijo estrictamente a los demás en Yanomamö, “El es Marcos.” Siendo que él era el brujo y que él era el mero mero de la ceremonia, su defensa fue más que suficiente para asegurarme no solamente la vida, sino, también, un lugar en primera fila de este espectáculo extraño.
Para conectarse con los espíritus, los hombres se pasaban la pipa de yopo. Yo lo había visto antes en otros viajes a la Amazona, y no es algo muy bonito. Dos varones meten la droga en una caña de un metro de largo. Un extremo se coloca en la boca del primero, y el otro extremo en la nariz del segundo. El primero sopla fuerte y rápido—la loquera es instantánea y asquerosa. El de la nariz empieza a brincar, a toser, a escupir y babear—todo a la misma vez.
Ya que el brujo anunció su decisión a mi favor, los hombres quitaron su vista de mí para una vez más atender al asunto de la enferma. Fumaron más yopo y empezaron a danzar y a cantar, a brincar y a gritar. Clamaban a los espíritus por la sanidad de la mujer.
Sus espíritus no le contestaron esa vez, pero no crea que siempre es así. Los espíritus les dan su gusto de vez en cuando para mantenerlos en tinieblas. Aun hasta la fecha, siento una tristeza inmensa al considerar qué tipo de travesuras se le ocurre al hombre para intentar a llenar el vacío que está en su alma. ¿Pero qué más conocen? Si no han escuchado de Jesús, ¿qué esperanzas tienen?
Y como los Yanomamös, hay muchas otras tribus, muchos grupos, muchos pueblos. La pregunta del Señor sigue siendo la misma, “¿A quién enviaré, quién irá por nosotros?” (Isaías 6.8). Solamente la respuesta ha cambiado a través de los siglos. Isaías contestó, “Heme aquí, envíame a mí.” Pero muchos hoy en día prefieren decir “Alguien mas puede, yo no soy llamado.”
Mientras tanto, los Yanomamös—y millones de otros—seguirán matando, seguirán clamando a los espíritus, seguirán entrando a una eternidad aún más oscuro que la vida que hoy viven.
“¿Quién irá?”


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